ESTE LIBRO VALE UN CADÁVER, de Marcelo Lillo

LO VISTO, ¿Y LO VIVIDO?

 

El lugar que Marcelo Lillo ocupa actualmente en las letras chilenas se sustenta en la recepción crítica que tuvieron sus dos primeros volúmenes de cuentos. Los elogios y el prestigio ganado cimentaron las expectativas con que fue recibido Este libro vale un cadáver, su primera novela publicada. Al enterarme de qué iba la historia pensé que estaba por encontrarme con un autor corajudo y arriesgado, que no temía abordar temas difíciles. A partir de este interés fue que en una reunión familiar le conté a algunos de los presentes que estaba leyendo un libro sobre un padre que enfrenta la muerte de su único hijo. Bastó con esa breve reseña para que uno de mis interlocutores afirmara rotundamente que «eso no es literatura», y que su sentencia fuera apoyada por otros de los que estaban ahí. Quien hizo tan radical afirmación es padre, para él una situación como la descrita representa una circunstancia tan dolorosa que es simplemente inenarrable.

           Marcelo Lillo no es padre, pero en nombre de la ficción puede escribir sobre lo que se le ocurra. Al menos en teoría, pues al finalizar Este libro vale un cadáver cabe poner en duda la concreción efectiva de aquella libertad. Y es que quizás hay experiencias tan intensas en la vida que no basta con sólo haber sido testigo y describir, ni tampoco con imaginar, pues solo experimentándolas en carne propia sería posible hablar de ellas. Sé que el cuestionamiento puede parecer ingenuo o irrelevante: lo cierto es que nace de forma espontánea luego de leer una novela como esta, cuya trama pareciera bastante densa, pero al fin y al cabo es sencilla. El protagonista es un profesor de colegio que debe lidiar con el suicidio de su hijo, un joven de escasos veintidós años que tomó la decisión de cortarse las venas. La acción transcurre en dos días, y abarca todo lo que el padre tiene que asumir tras la muerte: la llamada telefónica que informa del deceso, la visita al Servicio Médico Legal, la cremación y el aviso de lo ocurrido a los familiares y cercanos. Es una vida rutinaria y sin altibajos la de este profesor, que cambia luego de la tragedia, para mostrar de paso que su normalidad es solo fachada. Su enervante reacción o antireacción ante el terrible suceso es una primera evidencia. La desestabilización de su existencia se patentiza de forma contundente luego, por la gran cantidad de interrogantes que emerge sobre la paternidad, los afectos y la muerte cuando el protagonista recuerda quién fue su hijo y los buenos momentos que vivió con él, aunque sobre todo persiste la mala relación que tuvieron durante los últimos años. El aspecto más atractivo del relato se presenta cuando el narrador intenta abordar este complejo problema desde un enfoque distinto al que tradicionalmente la sociedad asume la pérdida del hijo, no desde el desgarro profundo y desolador, lejos de los quejidos y las lamentaciones plañideras. No se hace aquí tampoco un panegírico del occiso ni se dan consejos de manual de autoayuda. El narrador se arriesga al mostrar al joven muerto como un tipo fracasado, depresivo y sin intereses, ante lo cual el padre se pregunta a sí mismo y a quienes lo rodean si la reacción frente a la pérdida de un hijo alegre y exitoso debe ser la misma que ante uno que es lo contrario. La interrogante es duramente reprochada por su entorno.

           Hasta aquí la descripción que hago de Este libro vale un cadáver parece fluida. Sin embargo, desde un comienzo su propuesta narrativa produce cierto rechazo. No es que el protagonista merezca un juicio del lector hacia una forma de actuar que por momentos limita con lo políticamente incorrecto, sino hacia los mismos recursos de su construcción literaria. La radicalidad que pretende alcanzar la historia no es sólida a nivel del relato, y no logra justificarse más que como una intención autoral. Lamentablemente la estructura, la construcción de personajes y el tratamiento del contenido de esta novela se hacen inconsistentes por el escaso desarrollo y la carencia de profundidad en sus páginas.

           En desmedro del relato va también la inclusión de diálogos poco creíbles, que restan fluidez a la historia y naturalidad a los protagonistas. El habla de los personajes nada dice sobre su carácter o personalidad, y no hay diferencia entre la voz de uno y otro. El tratamiento de las descripciones no mejora la situación, pues a través de ellas se pretende conseguir un lirismo que también falla. Así, por ejemplo, se le dedican varios párrafos a la descripción de la luz y sus cambios en distintos momentos del día, pero resulta que el recurso no tiene efecto alguno en la narración, de manera que estas líneas se vuelven simple agregado. O bien la ausencia de grandes acontecimientos en la historia produce para la lectura el mismo efecto que esas películas que demoran largos minutos en empezar. Hay inicio, pero se salta el desarrollo y de improviso llega al fin. Los dos últimos episodios, que debieran tener un rol importante en la estructura, no se relacionan con el resto de la narración y resultan fuera de contexto. Así pues, tanto el encuentro con la ex esposa como el viaje a la playa para esparcir las cenizas del hijo parecen formar parte de otro relato; el primero está absolutamente de sobra, el segundo es predecible y cursi.

           Aunque la intención primigenia haya implicado cierto grado de irreverencia y originalidad, la carencia de desarrollo en las partes fundamentales de Este libro vale un cadáver da como resultado una novela inmadura y sin cohesión. No se ahonda en los sentimientos que la historia requería y el autor pierde su oportunidad de conmover o incluso polemizar. En su primera novela, Marcelo Lillo bordea el lugar común, evidenciando una pluma inexperta y, lo que es más grave aun, poco arriesgada.

 

 

 

 


Este libro vale un cadáver. Marcelo Lillo. Editorial Mondadori. Santiago, 2010.