POEMAS DE CHILE, compilación de Thomas Harris, Cristóbal Joannon y Floridor Pérez

La epopeya de los poetas patrios. A propósito de una lectura tardía del circunspecto canon chileno

 

 

poemas_de_chileAlgún día se sabrá
que hicimos nuestro oficio el más oscuro de
todos o que intentamos hacerlo
Algunos ejemplares de nuestra especie reducidos a unas cuantas señales
de lo que fue la vida en estos tiempos
darán que hablar en un lenguaje todavía inmanejable
Las profecías me asquean y no puedo decir más
Enrique Lihn

 

Y mientras el mar subía porque subía
y el portaaviones iba hundiéndose debajo
nosotros aún vivos adentro de la balsa
aún no venerables sino venideros
subíamos a acabar los eclipses del firmamento
subíamos como una cerilla que desataba la luz
y encendía un faro entre las estrellas
Diego Maquieira

 

 

Toda antología acarrea problemas, y Poemas de Chile anuncia desde su título las dificultades heteronormativas, disciplinarias y territoriales que enfrenta una empresa de tal índole. El objetivo del volumen que reinaugura las Ediciones Biblioteca Nacional es mostrar un «presente de la actual literatura chilena, [una] palabra múltiple e intergeneracional [para] conocer y valorar las distintas propuestas líricas de nuestro país, con sus convergencias y divergencias, sus variadas estéticas [] y críticas». Como era de esperarse, las pretensiones de heterogeneidad del proyecto no resultan imparciales. El criterio editorial invoca –en un contexto de migraciones artísticas y culturales que renuevan las concepciones de arte para asumir los conflictos de un mundo erigido sobre fronteras en histórico disenso y sobre la irrupción de nuevas ideas de subjetividad– a las limitantes sombras de los estereotipos decimonónicos sobre cultura patria. Pero, al menos a primera vista, la antología no parece indiferente a su sesgo. A pesar de que este volumen iniciado con Nicanor Parra y culminado con Juan Carreño (1986) integra sólo 17 textos de mujeres entre sus 85 poemas, la selección pone en relieve una considerable gama de perspectivas. Poemas como «Zamudio» de Sergio Rodríguez, «Como será la ciudad allá afuera sin nosotras» de Diego Ramírez u «Orificios los ojos» de Gustavo Barrera diversifican las nociones de identidades, cultura y creación. Las apariencias, no obstante, resultan engañosas. Y como ya es tradicional, el ardid lo juega aquel antiheroico poeta de nuestras tierras que sin más apoyo que su pluma y lamento gana protagonismo a través del volumen. Esta figura ocupa el lugar del libertador de una cultura nacional sometida a un decadente neoliberalismo. A través de sus poemas, la crítica a una sociedad que perpetua la desintegración de la historia reciente de Chile resulta demoledora. Y su palabra se vuelve hegemónica, comprometiendo así la riqueza e hibridez del volumen[1].

Vale la pena examinar, a propósito de las problemáticas de esta viril hegemonía, el único sitial librado de tal corrupción. El podio moral de este poeta que, con las credenciales de un re-ilustrado romanticismo, legitima una problemática exégesis sobre la cultura.

No es necesario detallar el cuadro de la nación que se presenta a través de Poemas de Chile. Su firma ya es legendaria. Chile naufraga entre las teleologías de progreso moderno, las ruinas golpistas y las fatuas melancolías de su porvenir. El imperio neoliberal profana la sociedad y el valor del conocimiento. Pero tal como un juglar frente a una corte corrompida por falsas deidades, el poeta, sin desmedro de su denigración, evoca los ideales perdidos de la patria. No se permite indulgencias estéticas. Su intento es entregar la ilustración de su palabra, y empresas tales como expandir los lenguajes artísticos para tensionar sus disciplinas se presentan como fútiles. Los poetas intentan redimir el perdido sentido de comunidad nacional y sus ideales, por más complejo que se presente el intento. En «La nueva órbita» de Antonio Cussen, Mecenas –un benefactor de un mítico siglo de oro patrio– se sobrepone a su desazón para recordar la utopía-poética que animó la nación y continuar su obra: «Algo me consuelo para seguir/ dictando un poco. Siento una sensación/ que me guía de lo puro tenue». Perdidos se encuentran aquellos tiempos en que los poetas, en el seno de una tierra intocada por la violencia histórica y el decreto adorniano, ocupan un protagónico sitial mientras la sociedad se encuentra abocada a reformar las ideas de justicia social. De hecho, tras el Golpe sus obras, otrora guías de la nación, se vuelven fruto de repudio. Pero Mecenas, con una actitud sacrificial, asume la responsabilidad que se le achaca a sus vates tras la coyuntura golpista y concede que «Las cosas fallaron y conocimos/el tamaño de nuestra inocencia». Mecenas sabe bien que el valor de sus obras es cúlmine y así lo constará la misma Minerva, a quien ofrenda su labor. «Te conseguí los mejores talentos», ora a la diosa, los mantuvo a salvo «del peso de las posesiones» para que trataran de darle «ritmo al futuro» y «nos ayudaran a ser más allá de lo que somos […] Tú sabrás/ evaluar el empeño de tus poetas […] que con mi muerte te entrego». De noche volaría el búho de la sabiduría y «sólo entonces» los poetas «dibuja[ría]n» una «órbita nueva y más amplia».

Estas obras, que redimirían los ideales de Chile, demuestran la posibilidad de reivindicar los valores patrios incluso tras de los derroteros de la violencia militar. Para «El anciano terrible» de Raúl Díaz aquellos poetas –cuya memoria se traza a través de epifanías de Enrique Lihn y Jorge Teillier, entre otros autores centrales en esta mitificación– habrían cultivado una poesía de valor visionario para solventar el apocalipsis que enfrenta la humanidad[2] cuando la desmesurada mentalidad progresista, la expansión mercantil y una ciencia al servicio de la bomba atómica anunciaban su extinción inminente. Los «prometeicos» autores de Chile, «santos entre los hombres», resguardan a la patria de la violenta alienación global. Para ello «hicieron de su vida una crucifixión» y, gracias a sus obras, Chile se promete como la tierra para amparar un nuevo milenio. El «marinero borracho», Teillier, custodiaba la inocencia de sus lares y para ello «zarpaba sin autorización de la gobernación marítima» hacia «islas donde crecen los juncos y los patos salvajes / Donde las mujeres cierran los ojos/ Como el molino detiene las aspas». Pero en los «atroces días» de «comienzos del siglo XXI», al tiempo que el materialismo corrompe a la sociedad, el desierto patrio se extiende. Mientras peregrina por la aridez que arrasa Chile, el anciano despotrica contra los «hombres y el destino». No obstante, cuando ya pierde la noción de la sed, sana con la bendición de los astros poéticos que aún brillan en la tierra chilena. Entonces «el palo vivo» de su corazón recobra la humedad y «la voluntad sigilosa de la niebla» de esa árida tierra se vuelve «hídrica» «al final de la jornada». Aunque la «individualidad» y codicia se propaga, la sociedad reducida «a su mínima expresión» vive en «la enfermedad de poseer» lo que no pudo «salvar» su «esencia» y los hombres ya «poco merec[ía]n». Los «misterios» de su «liberación» «aún yac[ían] encadenad[os] a una roca en las cumbres del Cáucaso».

El valor de las utopías –tal como había sido advertido por estos poetas– no equivale a aquella riqueza usurpada de la tierra, y así lo muestra Clemente Riedemann al tiempo que se lo recuerda a un bestial mundo: «Corral, después de un siglo pronuncio tu nombre en la mañana. Estoy de pie sobre una lancha arrojando trozos de carne podrida a las gaviotas». Riedemann no cavila sobre sus posibilidades de enfrentar esta desintegración y estoico se somete a la tarea de auspiciar un nuevo «semen de la aurora». Después de todo, se enfrenta a una tierra tan inhóspita y desconocida como la que recibió a sus antepasados y ahora él sabe que «El hombre de Leipzig», el «carpintero», lo trajo en el «lápiz de su oreja» para «organizar el mundo». Con sus ofrendas Karra Maw’n, la tierra de la lluvia, que había «aborta[do] su poema», volvería a renovar sus dádivas. Aquellos “versos como árboles” y “palabras como pájaros” que abrigaban a Chile volverían a crecer («Oh Karra Maw’n, que pena dan estos pájaros/ que se vienen abajo/mientras se sacude el árbol», se lamenta Riedemann sobre la suerte de las ofrendas poéticas). El poeta y su gallardía, entonces, magnifican la descomposición animal y la podredumbre consumista para despabilar los ánimos patrios y la alienación a la que se somete la sociedad.

A través de esta aciaga era, los poetas renovarían la palabra libertadora de la nación. Enrique Lihn, entre otras alusiones a los mártires de esa tierra, lo habría presagiado: sus palabras «dar[ían] que hablar en una lenguaje todavía inmanejable» y, en consecuencia, con valor los poetas intentan imponer su voz. Después de la «matanza post juicio final», Diego Maquieira («Levantamos un faro») se entrega a la redención del «perdido reino de Dios», y para ello deambula por los mares junto a sus camaradas. Su consigna de lucha no escatima en esfuerzos: «Preferíamos la muerte/ a perder la libertad/ y llevábamos la alegría del amor/ hasta las puertas del infierno […] desnudándonos en pleno combate». Maquieira se hunde bajo el mar para lograr encender la luz entre las estrellas y, aunque no logra prender la «mecha» final de su «sueño», ilumina un «faro» entre las eclipsadas estrellas de la nación[3]. Asimismo, mientras la sociedad se encuentra abocada a tomar el «Té de la arruga» como animales «vistiendo la ropa de sus amos», estoico, Javier Bello vuelve a nacer. Resucita «sólo en el tiempo que sucede al tiempo/ el después que/ después de la nada», combatiendo el «espeso abrazo» del «caporal». Bello anuncia que el «celuloide» aún no impone «su palabra» y que aún «ard[ía] el camino que unía la fábula de los animales con/ los paraísos hablados». Se apronta a liderar la senda que había guiado a ese “paraíso anterior” donde la alegoría crecía «de pies rápido».

Lo paradojal, pensando en los ímpetus libertarios de esta épica, es que tras el pathos final de los poemas –la resurrección de los poetas– la sociedad no experimente también una renovación propiciadora. Sólo renacen aquellos ideales presentes en los escudos de los poetas. En «Senecae linea» de Cristóbal Joannon, la patria incluso parece regocijarse en su purgatorio. Por ello una voz omnipotente apela a Quintus, un estoico heredero de esa era poética, para que acepte que la vía de la liberación patria sería escabrosa. La tierra «saltaría lejos» pronto y Quintus debe «deja[r] de lamentar[se]» del «pasado», pues sólo él lo recuerda, y así aceptar el destino fatídico de la sociedad. Se le llama a resguardarse en su fe y recuperar «la confianza que perdi[ó]», entonces al «levantar la vista […] volver[ían] a hablarte las almenas, los campanarios y las cúpulas». La renovación de la patria ampararía a pocos. Mientras la sociedad había traicionado los valores de su tierra, sólo aquellos poetas que «supieron verse solos en aguas espectrales», y que se ofrecieron desinteresadamente como «blanco» se sujetan a la redención. Quintus debe medir sus ímpetus emancipadores y entregarse al designio de aquella voz que –desde una esfera metafísica– lo consagra como líder de un camino de indulgencia agustiniana. Aunque las virtudes de la sociedad no se encuentran inalienablemente caídas, en pos de su redención debe purgar la traición de aquellos valores que habrían potenciado la caída de ese edén original que apenas se recuerda[4].

De hecho, a través de Poemas de Chile –surja o no este correlato mesiánico– la escenografía animalesca, putrefacta y desértica de la crítica desarrollada también parece proveer el escenario para que resuena una penitente voz poética. Además de estos épicos cantos sobre las cruzadas de los autores de Chile, los poetas esbozan versos satíricos para revelar el cinismo de los tiempos (Andrés Morales con «Chile», Sergio Madrid con «Peter Pan», Héctor Figueroa con «Gorrión», Armando Roa Vial con «Semilla sin nombre…», Jaime Quezada con «Tabla de astronomía», Rafael Rubio con «La mesa»), además de coplas corteses para recordar –como en una ofrenda amorosa– el perdido valor del conocimiento lírico (Floridor Pérez con «El sexo débil», Federico Schopf con «Seguro de gravamen», Erick Polhammer con «Bar La Perla», Julio Carrasco con «Las cosas más importantes…», Carlos Decap con «Caracol nocturno»), sin embargo la perdición valórica de la era es infranqueable. Las dicotomías que pueblan los poemas –tiempos pasados versus modernidad y, sobre todo, soberbia neoliberal versus ascético modelo de redención del poeta– sugieren que la voz del vate resuena con la profundidad de la moral cristiana del país en que vivimos y uno de sus preceptos centrales. Según éste, los siervos se encuentran obligados a afrontar con resignación la ascendencia divina de su salvación. Por momentos la prédica de los poetas presenta al imperio neoliberal como un castigo. Una sanción propiciada por la falacia propia de la incontinencia humana y la sociedad, como resultado, transitaría directamente desde su soberbia de reinado terreno –suscitada por las reformas sociales de los años 70– a un afán de codicia que bestializa a la sociedad. Las ideologías sociales se convierten casi en una apostasía divina, una falsa revelación. Una injuria traicionera que, en las alegorías de estos poemas, luego de trazar falsos caminos de salvación huyen como hechizas arcas de Noé o como aviones que despegan hacia el océano Pacífico (a ser redimidas por los poetas para augurar una «nueva orbita», una «segunda aurora», un llamado final de las «claraboyas»). Como ya se sabrá, la moral que envuelve a Chile es más honda de lo que se piensa y es posible, entonces, que la liberación de los autores realmente conmine a una purga contra la corrupción social de nuestros tiempos cuya arrogancia injuria aquella humildad central para conjurar el beneplácito divino[5].

Porque estos poetas honran cánones morales como la hegemonía de una masculinidad-patria que, en el contexto contemporáneo de pugnas en la noción de logos social, logra imponerse sobre la proliferación de singularidades “alternas” que deconstruyen las ideas de comunidad nacional. El único fruto perenne ante el embiste de la historia y la naturaleza –a través del escatológico mundo representado- sería la viril hegemonía de este prócer patrio. En sus poemas, la historia de Chile no registraría otras singularidades o voces, y sin las obras de los poetas el destino espiritual de la sociedad se entregaría a la tragedia. Incluso desaparece el legado de autores como Pedro Lemebel, Diamela Eltit o Elvira Hernández (omitidos en la antología), cuyas obras han tenido impactos mayores en algunas de las coyunturas presentadas, al haber movilizado nuevas estéticas de afectos, singularidades y deseo para generar políticas de comunidad empoderadas y despojadas de culpa. O por lo menos de la necesidad de una tortuosa penitencia como única vía de salvataje. Aunque la desolación de la patria perdida por los poetas sea tan sentida y visceral como las batallas de alabanzas intertextuales que eleva los fuertes de sus tradiciones, los duelos se encuentran sujetos a la resignificación. La patria efectivamente se ha transformado, pero no sólo bajo el imperio del mercado. Las mismas cavilaciones de la dolida virilidad del poeta así lo demuestran. En un contexto de amplios enfrentamientos respecto a las convenciones de género, las interrogantes sobre su masculinidad se amparan en la derrota del país de nunca jamás. Con todo, en un volumen en que se homogenizan masculinidad, escritura y pensamiento nacional, esta moralizante palabra sigue representando la voz de la poesía chilena actual. Este es el “poeta nacional” cuya identidad sobrevive a través del tiempo sin cuestionar −como se esperaría− la matriz patriarcal de una estructura de creación donde, más allá del signo configurado por logos y autoridad, se encuentra la profundidad de la barbarie de la naturaleza chilena[6].


NOTAS

[1] Las intenciones de heterogeneidad de la antología se manifiesta en la integración de autores del pueblo mapuche, de circuitos no metropolitanos y de travestismos sexuales. Pero la hegemonía del poeta patrio se cimienta sobre variables diversas a lo numérico. Históricamente, el discurso nacional ha estado dominado por ansiedades homosociales. De la mano de esta oratoria, los autores acceden a una potestad logocéntrica, manifiesta en el constante retorno a la diatriba neoliberal. Y no sorprende que las poetas se distancian de la temática nacional. Para ir al grano: considerando el contexto contemporáneo, editar un volumen guiado por esta variable patria y seleccionar un canon de autores que no incita a la relectura de sus limitantes fronteras culturales resulta paradojal. El libro homónimo de Gabriela Mistral (Poema de Chile, 1967) y el congreso al que dio vida durante la dictadura potencia, históricamente, uno de los nichos crítico-políticos más importantes en torno a la relectura de las ideas de comunidad.

[2] La resignificación crítica de estos poetas en el agitado contexto de los años 70 y 80 es central en esta fábula. En términos históricos, la denominada generación del 50 valida la autonomía cultural e injerencia social de la poesía, en medio de tensiones respecto a las ideas de creación artística. Los discursos sobre la literatura comprometida (cooptados por la figura de Neruda) de un lado y los vanguardismos románticos del otro resultan insuficientes para las pretensiones críticas. La experiencia humana se encuentra sometida por los discursos modernizadores y la poesía se ofrece como un lugar para su preservación (Jorge Teillier resguarda la experiencia lárica y Enrique Lihn ofrece el abrigo del poeta mendigo). Ahora bien, la crítica a la modernidad y al dogmatismo político-literario no convierte a estos autores en los sacrificados profetas que en Poemas de Chile entregan la única palabra de consuelo libertario que se sobrepone a la descomposición moral. Pero mitificados o no, la idea de una comunidad poética en ascética entrega a la protección de las últimas formas de humanidad es determinante hasta hoy. Entre los abundantes guiños a la tierra de esos poetas, Cussen parafrasea los versos de Lihn relativos al futuro de las obras poéticas (ver epígrafe). Ruiz escribe varías elegías a Teillier, como la incluida en «El anciano terrible»; «Crónica del forastero» de Riedemann rinde apología al mismo autor: sus negativos de la autoría datan de 1953, cuando conoce el tren de la poesía, que coincidentemente signa su primera evocación de Teillier. Diego Maquieira vive su viaje místico en compañía de los «demiurgos», entre los que se encuentra Parra, gracias a cuyo influjo asalta la «sexta flota española» y defiende el triunfo histórica del antipoeta (en el juicio de Maquieira, no permitir que los españoles usurparan su lengua). Y Lihn, uno de los rostros de Coritani, el capitán de «Los Sea Harrier» que recuerda la parodia de Lihn de la «holgazanería desprejuiciada» (y que tenía una esposa deseada) guía el camino épico de los poetas hasta su muerte. Por último, Joannon consagra su reflexión metapoética con el augurio de Lihn. Quintus –estoico heredero de la generación– no debía preocuparse de convertirse en Vicente Huidobro o en el «niño mimado de la fortuna», la sarcástica definición del propio Lihn que surge en el poema. Sus obras serían más significativas.

[3] No deja de ser curioso que Maquieira sea catalogado como el poeta de particular «espiritualidad» de la generación de los 80 (según Memoria Chilena). Quizás la particularidad de Maquieira es que mezcla sin arbitrio aparente simbología mística heterogénea, pero como es característico en la poesía chilena tiende a estructurar estas simbologías en parábolas de reminiscencias cristianas; sin las excentricidades que nutren muchas de sus corrientes, la fábula cristiana se encuentra naturalizada en nuestra cultura. Maquieira por momentos eclipsa los ámbitos de lo sacro y lo profano para connotar el valor performativo del lenguaje poético. Pero como es común en Poemas de Chile, finalmente el poeta se somete a una pasión –quizás de tintes más dionisiacos– para entregar su vida en redención de la humanidad.

[4]Quintus debe seguir la parábola de la figura de Séneca. La advertencia versa sobre la desvirtuación de la sabiduría poética en el ámbito político. Séneca, dramaturgo romano y defensor del estoicismo de Quintus, es injustamente acusado por Nerón, a quien prodiga labores de consejero. Aunque la lectura de estos hechos es ambigua, el juicio público a él, tal como a los poetas de Chile, sería nefasto e ignoraría la trascendencia de su obra. En relación a las nociones de utopía-poética planteadas en estos poemas, es curioso notar las afinidades de las prédicas sobre el gobierno de Séneca y de Tomas Moro en Utopia: ambos advierten sobre la desmedida entrega de poder a los desposeídos.

[5]Al establecer una retórica de superación mística de la historia, la poética entabla una economía de superación cultural. Mientras la memoria político-social –mediante el relato de dogmatismo, culpa y caída que acá presenta– se encuentre destinada al fracaso histórico, la potente moral del poeta alcanza legitimidad. Como he sugerido, en ocasiones el Golpe y sus secuelas neoliberales se presentan en este libro como un castigo por causa de tal falacia. («Los hombres de hoy poco merecen», dice «El anciano terrible» de Raúl Díaz, y como escarmiento las obras de los “prometeicos” poetas que habían guardado los «secretos de su salvación» permanecen «amarrados a una cumbre del Cáucaso».) Las reformas sociales constituyen un «arca de Noé» (que ha puesto «fin al después», «petrificando las cosas que/nunca estuvieron allí» sólo para después marcharse), «llevándose en los ojos del pasajero/ Algo que nunca pudo ser y que nunca jamás será/obsesiones y sembradíos y nada». Desde esta perspectiva los poetas luchan para redimir una apostasía divina. A pesar de que éstos, en palabras de Maquieira, vuelan «para la anunciación de la luz/ en fulgurante seguimiento de las estrellas/ y curvando la dura rampa del horizonte» al entregar su mensaje terrenal, se habrían «ajustado» a la caída terrenal, «baja(ndo) nuestra altura de provocación» «en toldos milenaristas». Esta lectura de la memoria es, a lo menos, problemática.

[6]Ahora, si el título de la antología amparara –al menos con un breve subtítulo– las ilusorias pretensiones representativas de esta masculinidad, quizás su moral no sería tan problemática. El yo poético masculino y sus avatares es realmente la presencia más transversal en la antología. Gustavo Barrera, por ejemplo ironiza sobre los problemas que sufre este canon. Se transforma en una «psíquica incompleta». «Todos esperan que hablen, pero sólo emite sonidos guturales», escribe. «A veces pienso que si no hay profecía […] es porque no hay nada adelante». Pero sobrevive con el recuerdo placentero de engañar a los simios.

 


Poemas de Chile. Thomas Harris, Cristóbal Joannon y Floridor Pérez, compiladores. Santiago de Chile. Ediciones Biblioteca Nacional, 2014.


 

 

 

  • Javier Campos

    De poetas chilenos fuera de Chile ni se habla.